“Un abrazo milonguero, un festejo a la vida”

Pedro Benavente, “el Indio” detrás de la milonga de la Plaza Dorrego

Por Omar Dianese

Hay una cadencia trepada a una hoja de malvón. El sol está a pleno. No importa si es invierno o verano, otoño o primavera. Es indistinto. En todo caso, esa cadencia que vagabundea el aire, se adornará de percal o terciopelo.

En la plaza, el asombro da vueltas, incansable. Secreteando o pegando un grito de admiración. Ese lenguaje parece ser universal. Siempre significa fascinación. El hallazgo espera a la vuelta de cada esquina. Tal vez de lengue, y funyi. O convertido en estatua que solo se humaniza sonriéndole a esa criatura curiosa, tierna, amigable. En medio del desbande multicolor alguien se hace tiempo para contestarle a un fulano como va Boca. Lleva la radio pegada a la oreja. “Qué antigüedad”, parece pensar esa pibita cuya risa desfachatada delata su pensamiento.

Pedro Benavente. Foto: Alessandro Masini.

Pedro Benavente. Foto gentileza de Alessandro Masini: http://www.panoramio.com/user/4398564 y http://www.youtube.com/user/59almas

San Telmo parece a punto de estallar en versos. Es como una poesía hirviendo de pasión. Pero no. Pega brazadas despreocupadamente en ese mar de lunfardo y fraseos inentendibles para uno, que a duras penas es capaz de descifrar un “yes”.

Todo va creciendo de a poco, en dos por cuatro. En la medida en que el sol vaya dándole la espalda al Río de la Plata, enfilando para el Oeste. Entonces, el crepúsculo comienza lentamente a sacudirse la modorra dominguera. Hasta que las lucecitas de colores empiezan a brillar como estrellas barriales en la escena porteña.

Así, la cadencia se corporiza adueñándose de cada alma dispuesta al ritual. Una liturgia de tangos y milongas. De fantasmagóricas presencias de guapos y entreveros. De mozas románticas y enamoradas hasta el horizonte rioplatense. La plaza se vuelve un paisaje capaz de maravillar con la presencia mágica de un bailarín cósmico. Pero de un cosmos absolutamente ciudadano. Criollo. Aporteñado hasta la metáfora más hermosa emergida del talento de Manzi.

A esta altura casi ya ni hace falta decir que la cadencia se hace hombre. Con el cabello largo y recogido. Con la mirada oscura como la noche de Buenos Aires. Con el color de la tierra virgen en la piel. Y su figura se dimensiona como un obelisco viviente. Muy visible, en medio de una concurrencia ciudadana del mundo. Huéspedes y anfitriones se empardan en el cemento de la porteñidad. Y danzan sus sueños. Levemente humedecidos de Pernot.

Con ustedes Pedro Benavente. “El Indio”. Maestro de ceremonias de la milonga más canyengue de este planeta:

“En la familia siempre se respiró tango, hasta por los poros. A mí me vino más por el lado del baile, algo maravilloso que tiene nuestra danza.

Conocí grandes maestros y maestras de tango como Copes, los Dintel, Elvira y Virulazo, quien vivía en la zona del Oeste.

En esos años, el tango venía como medio para atrás en muchas cosas. Venía de una situación difícil y justamente mi generación fue la que, pareciera ser, vibró al mismo tiempo. Porque mucha gente joven se fue acercando ya sea a través de la canción, ya sea por la danza. Yo lo atribuyo en parte a ese fenómeno que fue Tango Argentino, pero hay algo de lo que no se habla y es la llegada de la democracia. La gente poco a poco se fue conectando con lo popular, reencontrándose con su propia identidad. No te olvides que en épocas de dictadura el tango se prohibía. Había palabras que no podían pronunciarse, salones a los que no se podía concurrir. Juntarse varias personas ya era objeto de sospechas. La democracia nos fue devolviendo esos hábitos, esas costumbres tan nuestras. Esto fue, para mí, un momento de furor y mucha euforia. Me acuerdo de milongas que se iban recuperando como la de Villa Urquiza, La Sin Rumbo; la de Mataderos Glorias Argentinas y un lugar acá en San Telmo que se llamaba Cochabamba 444. Ese fue un lugar fundante con personajes, entre otros, como Pepito Avellaneda. Un tipazo que, además, vendía pizza de cancha justamente en Avellaneda. Todos estos maestros fueron inspiradores para mí en muchas cosas cuando yo empecé a bailar en casas de tango, por ejemplo en El Viejo Almacén con Muni, el hijo de Edmundo Rivero. Pero lo cierto es que en algún momento comencé a saturarme porque me parecía estar haciendo siempre lo mismo. Fue muy lindo en su momento pero sentía que algo faltaba y tenía que ver con el abrazo milonguero que yo había conocido en las milongas populares. Ese aspecto social que solo puede vivirse en ese clima barrial. Por eso con un grupo de gente joven empezamos a gestar la idea de abrir lugares.

En ese momento mi abuela me pregunta: “¿Qué te anda pasando que te veo triste?”.

“No me siento feliz con el tema de la Casa de Tango, siento que hay algo que me falta…”.

Y me dice: “Vos elegiste una carrera difícil. Pero al que le gusta bailar tango puede hacerlo arriba de un mostrador, en la calle, donde sea… Sos un artista, tenés que poder hacerlo en cualquier parte. Conseguite una compañera. Yo preparo mate y torta frita y vamos a una plaza”.

¡Mi abuela… increíble! Entonces le voy con la idea a una amiga, Florencia Menéndez, que es artista plástica y tiene cuadros de tango.

Me dice: “¡Vos estás loco!”.

Y bueno, terminamos en el Citroen de un pibe amigo yendo a la Plaza de Lomas de Zamora a la feria de artesanos. Al coche le pusimos “Citrotango” y ahí andábamos mi abuela adelante con el mate y Florencia y yo atrás.

¡Empezamos y la plaza se llenó, ché! Fue una situación muy linda que llevo en el recuerdo.

Con el tiempo fui cambiando de compañeras y supe de un lugar que se llamaba San Telmo. Yo me crié en provincia y para mí este era un mundo lejano. Nunca había ni caminado por estas calles hasta que finalmente las conocí y me dije: “¡No puedo creer que esto exista!”.

Estaba descubriendo un mundo nuevo para mí. Todavía el barrio conservaba más la tradición antigua. Daba la sensación de que en cualquier momento aparecía un malevo en cualquier esquina.

Cuando vi la plaza estuve seguro de que era el lugar en el que quería hacer mi trabajo.

Así fue que hablé con la gente del Museo de la Ciudad. Estaba en ese momento el arquitecto Peña, que me trató muy bien.

Yo fui con el miedo de que me dijeran que no, porque imaginate… Con pelo largo, lo que menos parecía era tanguero.

Me dijo: “Hagamos una prueba de tres semanas”.

Me hice una trenza, con el pelo bien prolijo y ahí empecé a bailar con Florencia.

Todo lo fui haciendo de a poco pero nunca me había quedado a la noche. A las cinco en punto se levantaba la feria.

Un día, me había separado de una piba que quería mucho, y me quedé solo. Destrozado, sentado en una silla y empiezo a ver en el anochecer la transformación de la plaza. Era un toque casi parisino, te diría. Y se me empezó a mezclar lo que estaba viendo con la película “Tango baile nuestro”. En esa película aparecía una terraza con lucecita de colores. Ahí me di cuenta que tenía el espacio, los equipos, la música… “¡Yo voy a hacer una milonga!”, me dije.

Hablé con amigos a ver que les parecía y todos, de distintas milongas, me dijeron: “¡Dale Indio, metele nomás que ahí vamos a estar!”.

¡Explotó la plaza! Se armó el domingo a la noche. Con el tiempo fue creciendo pero todo sobre una idea mía.

Hacía mucho tiempo, desde los años cuarenta, que el tango no tenía milonga al aire libre. Después vinieron otras en la recuperación del espacio público.

Un día cayó la policía. Se había quejado algún vecino, entonces llega el comisario y me dice: “¿Vos quién sos pibe, qué estás haciendo?”.

“Maestro estoy pasando música”.

“¿Qué música estás pasando?”.

“Tango”.

Y el tipo se quedó helado ché…

“¿Y quieren que te saque por pasar tango? Mi viejo era un recontra tanguero, escuchaba a D`Arienzo… Hace una cosa, bajala un poco ahora y cuando estemos a tres cuadras arrancá de nuevo. ¡Y que no jodan más con el tango!”.

El tango abre puertas. Para mí tiene ese algo mágico, no sabés a dónde te puede llevar.

San Telmo es una fiesta. Cada domingo es un festejo a la vida. Primero porque en la plaza está presente nuestra música popular y segundo por lo que representa ocupar un espacio público para el bien común. El compartir un momento con el otro. No solamente bailando porque está el que va a escuchar música o el que va a encontrarse con sus amigos. Es la plaza de todos.

Los turistas se admiran de la predisposición que tenemos a compartir. A veces hay quienes nos muestran como europeos pero no, tenemos nuestra identidad. A ellos les cuesta el abrazo y para nosotros es moneda corriente. Por eso acá el tango es otra cosa. Ellos se llevan la música, pero la cultura no. La cultura rioplatense no cabe en una valija. Ojalá pudieran llevársela para difundir como quien lleva fotos para mostrar, pero no. Eso es algo que nos pertenece y solo se vive estando acá.  El turista viene a buscar eso, a vivirlo y disfrutarlo. Viene a sentir el abrazo pero hay algo que no puede experimentar. Mientras nosotros bailamos estamos escuchando una poesía que nos pertenece y eso, claro, es invalorable. Ellos simplemente están bailando. Pero estar abrazado al compañero o a la compañera de baile y compartir lo que dice una letra es maravilloso.

A mí San Telmo me dio no solo trabajo, me dio identidad. San Telmo da prestigio.

¡Tenemos cosas buenas los porteños!”.

Claro que sí. Los porteños tenemos cosas buenas. Que seducen, enamoran y son una moneda acuñada con nuestra esencia recorriendo el mundo. Una moneda que en el Banco Mundial del Sentimiento cotiza más fuerte que el dólar. No se le acerca ni el euro. Porque el abrazo es materia prima del criollaje. Se cultiva en esta pampa de cemento gris. De poesía y tanguedad. Además tiene el valor agregado de la industria del talento. Y eso nos hace dueños de un patrimonio tan gigantesco que ni siquiera somos capaces de vislumbrarlo en su dimensión verdadera.

Disfrutarlo día a día, a cada hora, ya es una forma de cuidarlo y alimentarlo.

Los domingos de Plaza Dorrego son los más largos de la humanidad. Porque dan la vuelta entera al planeta. Y con ellos viaja la figura ya mítica del Indio. Encendiendo el romántico fuego de su milonga. Dando clases no solo de danza sino de una forma de sentir la música. De emocionarse con esta poesía que nos pinta de cuerpo y alma y embriagarse con la noche de San Telmo.

Así sea. En dos por cuatro.

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