La historia de nuestra pequeña aldea

En la década de 1980 se realizaron trabajos de arqueología urbana, a cargo de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la ciudad de Buenos Aires, con el fin de dar con restos que pudieran confirmar algunas teorías sobre la aldea de Pedro de Mendoza en 1536.

Los datos históricos corroboran que en el año 1530 la zona del Río de la Plata había sido explorada por varios viajeros como Sebastián Caboto, Américo Vespucio, Juan Díaz de Solís y otros, pero nunca habían realizado una incursión tierras adentro con el fin de conquistar ese territorio. Se cree que la gran flota de Pedro de Mendoza con alrededor de 1500 hombres y mujeres, caballos y enseres se detuvo en la Isla de San Gabriel frente a las costas uruguayas; desde allí enviaron un grupo de reconocimiento para hallar un sitio propicio para el desembarco y asentamiento. Así fue como, en febrero de 1536, se instaló una aldea con el nombre de Santa María de los Buenos Aires o del Buen Ayre, como está documentado en varios escritos. Sabemos -gracias a las crónicas de la época- que la pequeña “ciudad” tuvo cuatro iglesias, una de ellas de madera construida con las tablas de la nave Santa Catalina.

La ciudad fue abandonada por orden de Alonso Cabrera y quemada en 1541. Las crónicas de esa época fueron realizadas por el mercenario alemán Ulrico Schmidl, que integraba la expedición, quien en su obra “Viaje al Río de la Plata” detalló las penurias y miserias que pasaron en el asentamiento. Los habitantes vivían en casas de barro y paja y era tal la hambruna que hasta tuvieron que recurrir a comerse los zapatos de cuero que llevaban puestos y en algunos casos se llegó a practicar el canibalismo, para poder sobrevivir.

Debemos aclarar que cuando arribaron se abastecían gracias a la ayuda de los habitantes de estas tierras, los Querandíes, con quienes habían hecho una tregua de paz y estos ofrecían pescado, carne y otros víveres. Luego, debido a la escasez de alimentos, los conquistadores comenzaron a maltratarlos y querer apropiarse por la fuerza no solo de los alimentos sino también del lugar donde los Querandíes pescaban. El resultado fue de constantes enfrentamientos, lo que derivó en el abandono completo de la aldea por parte de los intrusos.

Existen varias hipótesis de la ubicación exacta de esta pequeña aldea, haré mención de dos de ellas: la primera expuesta por Anibal Cardozo en 1911 aportando pruebas de que el sitio fundacional se encontraba en la zona alta frente al Río de la Plata, en la orilla izquierda del antiguo Zanjón de Granados -también llamado arroyo Tercero del Sur- ubicado entre el pasaje San Lorenzo y la calle Chile, en desembocadura hacia la Avenida Paseo Colón. Tengamos en cuenta que en esa época toda la zona era un lugar elevado, fresco y pantanoso, a media legua del Riachuelo.

La otra hipótesis hace más hincapié en un lugar más propicio para la construcción de una aldea: Un sitio más alto que iría desde el Parque Lezama hasta el Zanjón de Granados. Esta fue la que Félix Faustino Outes estableció como la indicada, más precisamente entre las Avenidas Martín García y Paseo Colón, su altura original de 15 metros daba un buen resguardo de la costa y a la vez una buena salida hacia el río, por su cercanía con el Riachuelo.

Un gran defensor de esta hipótesis fue Enrique De Gandia, quien supo organizar la reedición de todas las crónicas, relatos de viajeros y descripciones existentes en la ciudad. Formó parte de la Comisión Oficial del IV Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires (1536-1936). Esta comisión presidida por el intendente Mariano de Vedia y Mitre e integrada por Ricardo Levene, Emilio Ravignani y José Torre Revello, llegó a la conclusión que el sitio de la primera aldea se encontraba entre el Parque Lezama y unas cuadras al norte, hacia el punto más alto. Años más tarde el geólogo Marcelo Reinaldo Yrigoyen, tras haber estudiado las curvas de nivel de la zona, determinó que la ubicación más probable era en las manzanas comprendidas entre la calle Perú, Bolívar, Brasil y Garay.

Si bien el resultado del trabajo arqueológico fue negativo, en el sentido de que no se pudieron hallar rastros de la primera aldea de Pedro de Mendoza, sí se encontraron indicios de algunas construcciones posteriores dentro del predio del parque Lezama. Debemos tener en cuenta que este sufrió muchos cambios -como ya lo describimos en artículos anteriores- y eso también influyó en las conclusiones de la investigación. Pero no se descarta que existan restos que, en algún momento con nuevas excavaciones, se puedan hallar y así revelar más datos sobre nuestro pasado originario.

                                                                                               Ignacio Lavorano

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