A mi barrio
Los vi por primera -y única vez- una noche cálida de enero.
Las farolas del viejo barrio se habían encendido hacía unas horas y su luz mortecina teñía de atemporalidad a las angostas calles.
No sé por qué razón me escogieron a mí para manifestarse.
Estaba caminando con cierta dificultad por el empedrado, que hacía mucho tiempo había sido testigo de la cercanía amenazante del anchísimo rio, cuando, a lo lejos, bañados por la luz de la luna, creí divisarlos.
Era una noche de luna, de una blanca y redonda luna, que por momentos ocultaba su rostro detrás de alguna nube oscura, pero siempre reaparecía altiva, poderosa, omnipresente sobre los techos bajos, sobre las amplias plazas y sobre las cúpulas de las centenarias y blancas iglesias.
Fue en uno de esos momentos claros, cuando aparecieron. Confieso que al principio no les presté demasiada atención, Los divisé desde lejos -a una distancia de cien metros más o menos-, parecía un grupo de siete u ocho personas que se movían rítmica y armoniosamente. Por lo poco que mis ojos me permitían distinguir -siempre fui corto de vista- vestían ropas de colores claros y pasteles, entre los cuales predominaban el blanco -el color más fácilmente divisable por mis débiles ojos-, el rosa, el rojo: deduje que estaban sonriendo pues en la mayoría de los rostros resaltaba el blanco de grandes dentaduras. Desde ese cercano lugar -que a la vez se me antojaba tan extrañamente lejano- la brisa cálida me traía los ecos de una música desconocida la cual, quién sabe por qué extraña razón, me hacía pensar en las profundidades del África negra.
Comencé a caminar hacia ellos. Para mi sorpresa, a medida que ejecutaba cada uno de mis pasos, el grupo parecía alejarse, fundirse más con esa oscuridad que les ofrecía la luna cómplice al esconderse detrás de las nubes. Por momentos llegué a creer que todo era fruto de mi imaginación. Pero entonces aguzaba mis ojos y, efectivamente, allí estaban.
No detuve mi marcha. A medida que avanzaba, las sombras de los árboles movedizas, inquietas, jugaban traviesas sobre las paredes blancas y rosas de las antiguas casas ahora cerradas. Mi propia sombra -mucho más delgada y larga que mi cuerpo- se reflejaba sobre el empedrado y asustaba a algún que otro gato que, atemorizado, huía velozmente ante mi presencia intrusa.
De repente, el sonido de los tambores se hizo más fuerte y noté que, entre ellos y yo, ya no existía una gran distancia. Desde mi posición, podía distinguir ciertos detalles: una figura central vestida de color oscuro, pero con una mancha grisácea en la parte inferior del rostro -¿Tal vez una barba?-, la cual danzaba junto a otra figura mucho más delgada -¿Quizás una mujer?-, vestida con ropa clara. Avanzaban en medio de una ronda de gente que giraba y alzaba los brazos mientras los pies fuertes y desnudos golpeaban sobre lo adoquines.
¿Qué estarían haciendo? ¿Festejando algo tal vez?
De golpe y respondiendo a un instinto inexplicable, comencé a correr hacia el grupo. Sentía la necesidad imperiosa de alcanzarlos. Corría con entusiasmo hacia esos desconocidos cuya alegría me resultaba ajena. Pero otra vez, a medida que me desplazaba hacia ellos, el resonar de los tambores se diluía en el aire, las figuras parecían desdibujarse y relocalizarse siempre más lejos de mí, impidiéndome alcanzarlas. Pero aun así las veía. Y mi empecinamiento por alcanzarlos no cesaba. Lo intenté varias veces, pero todo fue en vano.
Finalmente me detuve exhausto, rendido. Las figuras seguían allí, riendo, danzando al ritmo de los ruidosos tambores, bajo el cielo ahora estrellado. Pero eran inalcanzables. Eran tan verdaderas como la brisa caliente que fustigaba mi rostro, como la luz mortecina de los faroles, pero al igual que estas eran inasibles.
Me dejé caer sobre un umbral de una de las tantas casas bajas y observé mi alrededor: estaba solo en el corazón mismo del más viejo de los barrios, frente a una de sus plazas engalanada por un centenario aljibe, bajo las luces de los faroles que, curiosamente, me resultaban protectoras.
Y ya no traté de alcanzarlos. Simplemente me senté y me deleité con aquellos cánticos y con aquellas siluetas que giraban y se agitaban al ritmo de los tambores. Confieso que no pude reprimir una cuota de orgullo: quien sabe por qué razón aquel viejo barrio se me revelaba en todo su esplendor, me ofrecía las más íntima de sus danzas, permitiéndome así asomarme a la más profunda de sus múltiples almas y percibir, fugazmente, los latidos de su corazón.
Diego Yani

























