LA MIRADA PUESTA EN LAS CELOSÍAS

Hay algo que me viene pasando seguido cuando camino por San Telmo y no tiene que ver con un local nuevo ni con el precio del metro ni con esa obsesión medio ridícula de querer entender todo en números. Es otra cosa, más mínima, más silenciosa. Tiene que ver con levantar la cabeza. Con correrse apenas del plano de lo evidente. Porque en esas caminatas, entre adoquines que resisten y otros que ya no, aparece siempre la misma escena repetida: ventanas con celosías cerradas. Todas. Como si alguien hubiera bajado un telón que nadie se animó a volver a subir.

No es una, no son dos. Son muchas. Edificios enteros que parecen haber decidido vivir en penumbra. Y ahí empieza la pregunta, inevitable, medio absurda pero persistente: ¿Por qué? ¿Qué pasa ahí adentro para que la luz quede siempre del lado de afuera? ¿Qué hace que alguien elija no abrir, no dejar que el sol entre y se deslice sobre esas pinoteas que, si uno las conoce, sabe que responden distinto cuando la luz las toca?

Porque no es lo mismo una casa con luz que una casa sin ella. No es lo mismo una ventana que respira que una que se clausura. Y, sin embargo, en este barrio donde las casas fueron pensadas para el aire, para el cruce de corrientes, para la vida que se arma entre el adentro y el afuera, hay algo que se fue cerrando. No de golpe. No como un portazo. Más bien como esas decisiones que se toman sin demasiada conciencia, pero que después quedan, se instalan, se naturalizan.

Podríamos decir que es por seguridad, por el calor, por el desgaste, por la lógica práctica de la ciudad actual. Todo eso es cierto. Pero se queda corto. Porque hay algo en ese gesto repetido -bajar la celosía, sostenerla cerrada, olvidarse de abrirla- que parece hablar de otra relación con el espacio. Una más defensiva, más hacia adentro, menos disponible.

Y no es un juicio, es una observación. Como cuando uno entra a una propiedad y antes de ver los metros ya siente si hay algo que fluye o algo que está contenido. Las casas tienen eso, una especie de lenguaje propio que no siempre es evidente, pero que insiste. Y en San Telmo, esas celosías cerradas empiezan a funcionar como una frase que se repite demasiado.

A veces pienso que no es solo la luz lo que se queda afuera. Es también la posibilidad de que el espacio se muestre, de que dialogue con la calle, de que se deje afectar por lo que pasa alrededor. Porque este barrio tiene algo de eso, de intercambio constante. No es un escenario estático. Es más bien un organismo que se mueve, que respira, que se deja atravesar.

Entonces, cuando todo se cierra, algo se corta.

No se ve, pero se siente.

Como si la casa se replegara sobre sí misma y dijera, hasta acá.

Y, sin embargo, basta con que una sola celosía esté entreabierta para que todo cambie. La luz entra distinta, el aire circula, la madera responde, el espacio se expande. Es mínimo, pero es suficiente. Como si el gesto de abrir no fuera solo físico, sino también una forma de volver a vincularse.

Capaz el misterio no es tan misterioso. Capaz no hay una gran historia detrás de cada celosía cerrada. Pero juntas, todas esas decisiones, van armando una manera de habitar. Una forma de estar en la ciudad.

Y ahí es donde me quedo pensando.

En qué pasaría si empezáramos a abrir un poco más.

No solo las ventanas.

                                                                       Texto y foto: Jimena Amaya

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