Un empedrado con poesía

Si el folclore es campo, el tango es asfalto. En San Telmo, un rincón de la ciudad donde el tiempo parece haberse detenido entre adoquines y faroles, el tango no es un espectáculo solo para turistas; es un aire que se respira en nuestro barrio. El género del tango ha encontrado en estas manzanas el escenario ideal para hablar de la nostalgia, del amor que se fue y de la resistencia cultural.

Para entender por qué San Telmo late al ritmo del 2×4, hay que retroceder a finales del siglo XIX. El tango no nació en los grandes salones, sino en los conventillos y en los boliches cercanos al puerto. En aquellas casonas coloniales de San Telmo que, tras la epidemia de fiebre amarilla de 1871, fueron abandonadas por las familias más adineradas y ocupadas por inmigrantes.

El bandoneón, ese instrumento alemán que es el alma del género, llegó después para darle su quejido melancólico definitivo. San Telmo fue el laboratorio de esta transformación, aparecieron los poetas como Enrique Santos Discépolo u Homero Manzi para ponerle palabras al sentimiento porteño.

El arte, en este caso el tango, funciona aquí como un traductor de la realidad: nos da las palabras para nombrar esa nostalgia que sentimos al ver una fachada descascarada, el encuentro en un bar, la vereda de la calle Defensa o el Pasaje San Lorenzo.

En un mundo que nos empuja a la prisa y a lo inmediato, detenerse a escuchar un bandoneón, apreciar dos bailarines o leer la frase de un tango en un mural de nuestro barrio, es una pausa que nos humaniza. Nos permite entender que nuestras penas y alegrías ya fueron relatadas por otros, y que somos parte de una herencia que late bajo el empedrado.

Una forma de comprender el presente es a través del tango, esa crónica del pasado para reconocer que los conflictos que narraban Discépolo o Manzi -la lucha por la dignidad, el valor de la amistad, la resistencia frente a la injusticia- siguen latiendo en nuestra sociedad, en cada mesa de café. El tango nos enseña a mirar la realidad con ojos críticos pero sensibles; la forma en que los porteños transformamos la pena en belleza.

Algunas letras de nuestro barrio:

«San Telmo» (Francisco Lomuto / Ivo Pelay): «San Telmo, ¡barrio de San Telmo! / Mi barrio de pibe, hoy quiero cantarte. / Balcarce, Defensa y el Bajo, / mis fieles amigos, los vengo a buscar.»

«Callecitas de San Telmo» (Mariano Canegallo): «Callecitas de San Telmo, flor porteña de un ‘a veces’… No habrá nadie más que vos y yo abrazados por bailar, apasionados, este tango de los dos.»

«Piove en San Telmo» (Luis Alposta): «Piove en San Telmo, dulce percanta… San Telmo, minga de sol, garúa de un tiempo viejo cayendo en mi corazón.»

Pero lo más importante es que el arte es uno de los cimientos para construir el futuro. No se puede proyectar un barrio hacia adelante si se desconoce su pasado. El tango nos da una «ética del barrio»: el valor de la palabra, el respeto por la esquina y la solidaridad del vecino. Conocer nuestro pasado, entender nuestro presente y construir nuestro futuro y, al final del día, aprender a leer las paredes de nuestro barrio es la única forma de no sentirnos extranjeros en nuestra propia calle.

Algunos músicos que llevan a San Telmo en el alma y otros muchos tangueros que adoptaron el barrio como propio, son algunos de los máximos exponentes que nacieron o se criaron en sus calles:

Mariano Mores: Uno de los más grandes próceres del género. Nacido en San Telmo como Mariano Alberto Martínez en 1918, fue un pianista y compositor brillante que llevó el tango a niveles sinfónicos.

Guillermo Fernández (Guillermito): Nacido y criado en el barrio, es una de las voces más destacadas del tango contemporáneo. Sus padres tenían un negocio en la calle Defensa 916 y él mismo se define como un «hijo del barrio».

Julio De Caro: Si bien nació en el barrio de Once, se crio en San Telmo. Fue el renovador instrumental del tango, dándole una sofisticación musical que cambió el género para siempre.

Pedrín de San Telmo: Un bailarín legendario de los inicios (fines del siglo XIX). Se dice que vivía en un conventillo cerca de la actual Plaza Dorrego y fue quien enseñó a bailar al mismísimo «Cachafaz».

Tita Merello: Laura Ana Merello, nació en San Telmo en 1904. Actriz y cantante, una de las artistas argentinas más reconocida de nuestra historia y pionera de las voces femeninas en el tango y la milonga.

Porque al final del día, cuando baja el sol sobre nuestro querido San Telmo, no solo se camina: se escucha, se lee y, sobre todo, se siente como un tango que se termina de escribir en cada esquina.

“Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo?… ¿Pero cuándo? ¡Si siempre estoy llegando!… Aníbal Troilo.

                                                                                   Nicolás López

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