El árbol es el mejor amigo del ser humano.
¡Árboles! ¡Planten árboles!
Domingo F. Sarmiento
Cursé la escuela primaria en la Nº 1 Domingo F. Sarmiento de la ciudad de Santa Fe. Funcionaba en la planta baja de uno de los “palacios” escolares levantados por el Maestro. Todos los 11 de setiembre cruzábamos a la plaza San Martín situada enfrente y, todas atrás de la maestra, plantábamos un árbol en recuerdo del gran sanjuanino.
¿Por qué tengo este recuerdo cada 11 de setiembre? Plantar un árbol es una enseñanza fundamental para entender el mundo, para sentirse parte de la naturaleza, para entender lo que es la vida, para verlo crecer y ser su amigo.
Pero ¿Cómo el 11 de setiembre si este artículo es para festejar el Día del Árbol el 29 de agosto? Para develar incógnitas está la Historia…
Con la inauguración del Parque de los Patricios (obra del paisajista Carlos Thays) el 11 de setiembre de 1902, se festejó por primera vez el Día del Árbol en homenaje a Sarmiento. Un coro escolar de 400 alumnos cantó el Himno al Árbol (autoría de Crisóstomo del Cioppo), mientras se plantaban numerosos retoños. Y sucedió así, a pesar de que el Consejo Nacional de Educación, por iniciativa de Estanislao Zeballos, había decretado en 1900 que el día festivo al árbol sería el 29 de agosto, como lo festejamos hoy.
Sigamos con la Historia… El espacio público de las ciudades españolas de América era sin verde. Calles y plazas eran de tierra apisonada o adoquinadas y sin vegetación, la que solo se encontraba en las propiedades privadas. Buenos Aires no fue la excepción y siguió esos lineamientos. El único paseo “natural” era la Alameda -creada a mitad del siglo XVIII- que corría por la hoy Leandro N. Alem entre Perón y Lavalle.
Cuando, con la generación del 1880, se adoptó el modelo urbano francés, el verde comenzó a colorear el espacio público: plazas, parques, plazoletas, bulevares y canteros cubiertos de verdor reemplazaron a las otrora plazas secas.
Este modelo urbano había sido el adoptado por el Barón de Haussmann para la remodelación de París, transformándola de ciudad medieval, con calles tortuosas, estrechas y mal ventiladas, en una ciudad con bulevares, avenidas, parques e infraestructura sanitaria. Sus objetivos eran: ornato, higiene y recreación.
Buenos Aires debía seguir esos pasos: ser lo más bella posible (para ser la París del Plata), mejorar sus condiciones higiénicas (frecuentes y cruentas epidemias) y dar educación y recreación al hombre común (teoría sarmientina). Son elocuentes las palabras de Carlos Thays al presentar su propuesta al concurso para Director de Paseos de la ciudad en 1891: “El hombre, sobre todo el que trabaja, necesita distracción ¿Acaso hay alguna más sana, más noble, más verdadera, cuando se sabe apreciarla, que la contemplación de los árboles?”.
Nuestros primeros directores de paseos fueron férreos defensores de la arboleda pública: Eduardo Holmberg, Eugène Courtois, Wilhem Schübeck, Carlos Thays, Benito Carrasco y Carlos León Thays.
Buenos Aires fue conocida y reconocida por sus calles arboladas, sus paseos de primera categoría, por su Jardín Botánico valorado en el mundo científico internacional.
Hacia 1950, el tratamiento del verde en espacio público comenzó a decaer. Una sucesión de directores de Paseos sin la formación profesional y la convicción necesarias llevaron a la decadencia lenta pero inexorable del patrimonio vegetal porteño.
Hoy nos preguntamos: ¿Dónde están el ombú gigante y el ficus del Museo Histórico Nacional? ¿El ombú frente al Palais de Glace? ¿El alcanfor de la época de los jesuitas de la Avda. Chorroarín? ¿Una de las palmeras del patio de la Casa Rosada? ¿Cómo terminarán los árboles históricos y notables de la plaza Lavalle?
Los ejemplos anteriores abarcan a la ciudad, al igual que la situación del arbolado en la zona sur (San Telmo, San Cristóbal, Barracas, Parque Patricios…). Podas innecesarias y mal hechas -hasta para vender más madera- que “pelan” a los árboles dejando esqueletos que en realidad son asesinatos con fecha de caducidad; plantaciones nuevas con ejemplares demasiado jóvenes o no de las especies adecuadas, en planteras compactadas sin carpir y con tutores inservibles más caros que los árboles; sin tener en cuenta las distancias y las escalas; en fin… se trata al arbolado sin criterio y sin amor por el trabajo.
Los árboles son nuestros amigos: nos acompañan, alegran nuestra vida, la mejoran. Los árboles tienen una estructura equilibrada que los mantiene de pie, respiran y se alimentan calladamente, se mecen suavemente con el viento y nos regalan su música. “Adoptemos” un árbol. Si es posible, empezar por plantarlo. Seguir su crecimiento, observar sus cambios con las estaciones del año, regarlo, disfrutar de su sombra, acostarse abajo y mirar como el follaje se recorta en el cielo, respirar su perfume, esperar su floración, oír a los pájaros que lo habitan, hacerse amigo. ¿Qué nos piden a cambio de tanta felicidad? Solo que los respetemos, los cuidemos, los queramos y los dejemos vivir.
¡Feliz día árboles queridos!
Sonia Berjman

























