IFIGENIA
Un sueño hecho realidad
Trato de recordar cuál fue la primera vez que escuché de Buenos Aires y supongo que sería leyendo Mafalda, ese tablón amarillo, enorme para mí, yo de unos seis años con ese libro prestado, era de mi cuñada, lo tenía en su biblioteca junto a libros de insectos. La historia de la niña Mafalda era alucinante: ¡increíblemente inteligente! ¡La admiraba! Tengo grabada un pedacito de la historieta, cuando iba de la mano con su mamá por la calle preguntándole por qué ellos, su familia, no tenían autos. La respuesta de la madre era porque eran de clase media y Mafalda le contesta: ¡Ahhh! ¡Clase media estúpida!
Es posible que allí haya nacido mi interés por Buenos Aires y sus calles y su cultura. También por ese cuadro que había en casa de una pareja bailando muy cerca, con formas elegantes que mi papá llamaba tango, ese cuadro que le regaló un amigo, traído de Caminito. ¿Sabés que tu bisabuelo conoció Buenos Aires y se enamoró del tango? ¡Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar! cantaba mi abuela Estilita y me producía una melancolía extraña, no comprendía por qué ella entonaba esas estrofas con vehemencia.
Para esa época, ya me interesaba el fútbol, todos en mi familia hinchaban por Brasil y yo les seguía la corriente, pero solo porque no sabía la historia del gol a los ingleses de Maradona. Me parece que Quino no escribió sobre eso.
Más grande acompañada de los cuentos de Cortázar, María Iribarne en El Túnel o Benedetti y su exilio, con el llavero solidario entrando en casas de amigos silenciosos, el rioplatense se fue metiendo en mi cabeza. Junto a Los Fabulosos Cadillac canté desde el sonido de un casete “Mal Bicho” sin parar, también me enamoré y ese chico me hizo escuchar a Cerati, pero al Cerati solista y lo adopté, como quien hurga en un universo desconocido que le embelesa.
Anécdotas, seguramente debe haber otras solo que ahora no las estoy recordando. Mate me dio a probar de veinteañera mi amigo Andrés que viajó por Chile, Uruguay y Argentina y un día leyendo a Dostoievski en su casa me convidó el brebaje amargo.
¿Cómo una venezolana se arma de un imaginario porteño? Juntando todos esos pedazos.
Era 2014 y varios familiares migraron, uno de ellos estudiaba gastronomía en la “ciudad de la furia”. Planeo un viaje, sin darme cuenta de que la fecha coincide con el mundial de Brasil. Catorce días con el plan de conocer esa ciudad que llevaba en la memoria musical y literaria. Vayamos a La Boca, a San Telmo ¡Llévame a ver las casitas de madera de colores primo! Caminando con el frío atravesándome la piel por Av. Rivadavia, todos los locales estaban paralizados, jugaba Argentina contra Bélgica y los nervios de las personas eran tan intensos como el invierno acosando a mi caribe. Yo caminaba y los veía pegados a la televisión, a la radio, un cartel enorme de Messi rezaba inMESSIonante, se escuchaban improperios, gritos, una pasión indescriptible. Así llegó la semifinal contra Países Bajos y en la plaza San Martín junto a una muchedumbre yo ya era fanática del cuadro albiceleste ¡Ganamos por penales y la celebración fue magnífica! ¡Todos juntos celebrando, detenido el tiempo en una fiesta de pasión! ¡Brasil decime qué se siente!…
La cuestión es que me enamoré de Buenos Aires perdidamente y decidí, silenciosamente, mudarme en algún momento a esta ciudad. Para ese entonces vendía libros y el viaje lo dediqué también a encontrar joyas literarias que en Venezuela no se veían fácilmente en las estanterías de las librerías más reconocidas. Llevé la edición “Poemas Revelados de Benedetti”, “Rayuela” versión de bolsillo y mi corazón se rompió porque el presupuesto no dio para más.
Llegué a casa con la idea metida en la cabeza de vender todo, contarle a mi hijo el plan, reunir los requisitos y papeles y armar las maletas. Para eso tenía que desarmar mi emprendimiento de libros, entregar el local, llevarme a casa 2.000 libros, sacar citas en entidades legales para los permisos y documentaciones, comprar los pasajes de avión y vender mi auto para tener dinero que llevarnos y arrancar la nueva vida. La noche antes de la partida -en el año 2016-, armé las 4 maletas con 80 libros, eran dos mías y dos de mi hijo, 20 tomos en cada una. Aquel gesto fue la semilla; bastó para que el sueño del café dejara de pertenecer a la imaginación y empezara a reclamar su lugar en mi destino.
Ya en Buenos Aires, tiré currículos como loca en la calle Corrientes, en los barrios cercanos a mi domicilio, porque buceando en los mares de Google Maps me hice un recorrido para que no se me escapara ninguna librería. Nicola, mi hijo de 11 años me acompañaba, se quedaba afuera mientras yo entraba a buscar un instante en que me escucharan y poder dejar mi CV.
Fué durísimo, durante tres meses no recibí ninguna llamada. Años después entendí que el oficio de un librero no es “moco de pavo”, es ser un puente robusto entre editoriales, escritores, obras, incluso militancias. Nada de eso me detuvo, comencé a trabajar en una cafetería llamada Lattente, muy cerquita de Libros del Pasaje -en la calle Thames-, compré a los meses una bicicleta usada para ahorrarme el transporte y paseaba desde Belgrano, pasando por Colegiales hasta entrar a Palermo Viejo entre muchos árboles de plátanos por rutas con bicisenda. La cafetería era de una mujer de Indonesia y su compañero, de Colombia. Me recibieron como en una familia sustituta y comencé a hacer amigos: compañeros de trabajo, clientes, extranjeros, colegas de la gastronomía, escritores, músicos, pintores, pero sobre todo comencé a compartir con mujeres y el feminismo. No hay manera de que llegues a Buenos Aires y el feminismo no te roce, no te toque de alguna manera. En ese trabajo pasé 5 largos años, incluida la temporada de pandemia, aprendí muchísimo sobre cafés del mundo, cómo prepararlo con técnica y cariño, aprendí mucho sobre gastronomía porteña y, por supuesto, comparé con mi maleta sensorial todo lo que comía. Allí ya estaba haciendo, sin saberlo, una investigación que resultaría luego en la mixtura de la carta de mi propio café.
Con mucho deseo de emprender, en 2021 comencé a darle forma a mi sueño: armé presupuestos para diferentes formatos de cafeterías: con máquinas de café usadas, con máquinas nuevas importadas y nacionales, con pocas mesas, con locales en ochavas, me metí en cuanto anuncio de remate encontraba y también en las páginas inmobiliarias. Comencé a mirar tazas antiguas en Marketplace y una tarde, de esas en que salía en bici a buscar esquinitas ideales para mi cafetería, di con Ernesto Cambalachero. Iba con una libreta en la cesta para dejar notas en los locales que me gustaban contando del proyecto de café literario y mi número de contacto (y nadie me llamaba). En mi pecho sentía miedo, pero también valentía; por eso, con el poco dinero que tenía, compré con convicción un juego de 10 pocillos antiguos de porcelana Verbano con florecitas rosadas en la tienda de Ernesto, que estaba repletísima de lámparas, vajilla, objetos. Ese lugar se convirtió en mi principal aliado para elegir toda la vajilla y la decoración, porque este señor y su hija sabían que yo lograría crear mi espacio (obvio les conté) y una necesita que crean para continuar soñando.
No paraba de dejar papeles debajo de persianas, tanto ha pasado desde ese entonces que hoy me encuentro escribiendo estas líneas deseando que alguien aparezca y me cuente: encontré tu nota ¿Cómo se te ocurría que podría llamarte? ¡Por favor que alguien me responda! Pero no hace falta, es sólo una fantasía.
Hablando de escribir, es la primavera de 2026 y hace unos días le escribí a Diana Bellesi con los dedos transpirando: Diana, logré mi sueño de abrir un café literario en Buenos Aires y ahora tengo otro: Que entres vos a Ifigenia, este recinto de 1925 en la calle Bolívar 1049, que tiene las paredes llenas de libros que reposan en antiguos anaqueles que sostuvieron medicinas de alguna farmacia porteña -que según me contó una heredera del local, cuando Eva Perón murió, funcionaba allí una florería que era la más cercana a la Plaza de Mayo y que se hicieron cuadras de fila para enviarle flores-, que en este local -donde logré cultivar más de mil libros gracias vecinos, amigos, editoriales y a los de la maleta de mi viaje- quiero, Diana, que se haga un silencio enorme, porque mucha gente ha venido a escucharte y que tomes el micrófono, abras tu poemario, comiences a leer y tu voz se meta entre los libros, entre las bibliotecas y nos atraviese a todos la piel, los oídos y los corazones.
Texto y fotos: Isabela Nouel


























