Otra vez la Guerra
Hace miles de años que la humanidad puebla la Tierra. Lo que ha avanzado y desarrollado es casi increíble, pero hay un vacío llamativo: en todo este tiempo no ha podido superar la amenaza más importante que tiene: La guerra entre hermanos.
Sangre derramada, muertos, dolor, desplazados, destrucción nos vienen acompañando desde siempre.
Hoy los sordos y tenebrosos ruidos de una nueva guerra resuenan cerca y vuelven a golpearnos con los viejos interrogantes de la humanidad:
¿Cómo no asumimos que toda guerra supone un fracaso grosero de la capacidad humana de convivencia y un triunfo de lo peor de nosotros?
¿Cómo puede ser que nos dejemos convencer de que es bueno, necesario y ético matar, lastimar, destruir?
¿Cómo puede ser que no sintamos ninguna culpa por hacer esto, sino que lo justifiquemos y hasta nos alegremos?
¿Cómo hemos llegado a ser insensibles si estas realidades tremendas no nos tocan directamente?
¿Cómo puede ser que elijamos seres desquiciados que nos llevan como corderos al altar de sus mezquinos intereses, disfrazados de valores patrióticos o éticos?
¿Cómo nos hemos acostumbrado a que existan arsenales con armas capaces de destruir a toda la humanidad?
¿Cómo empresas que solo buscan lucro están desarrollando armas cada vez más mortíferas y con su ganancia se convierten en poderosísimos entes supranacionales?
¿Cómo hemos llegado a odiar tanto al enemigo que no lo consideramos persona y somos capaces de cualquier acción o medio para destruirlo?
¿Cómo puede ser normal considerar que la muerte de civiles inocentes sea llamada «daño colateral» y se justifique la no responsabilidad sobre ello?
¿Cómo no entendemos que cada bando considera que su «guerra» es justa y defensiva?
¿Cómo puede ser que los muertos nos importen solamente si son de nuestro bando?
¿Cómo puede ser que nos presenten (y nosotros sigamos) los horrores y dolores de la guerra casi como si fuera una contienda deportiva?
¿Cómo puede ser que no entendamos que en la guerra la información es mentira y la traición es un valor, si está a nuestro favor?
Estos interrogantes que claman frente a nosotros, no son nuevos. Al respecto, quiero recordar unos párrafos de la correspondencia que Einstein y Freud mantuvieron sobre la Guerra en 1932. Sucedió hace más de noventa años, pero parecen escritos esta mañana:
Einstein:
“Una ojeada al constante fracaso de las tentativas, sin duda bien intencionadas, de los últimos decenios por alcanzar este objetivo (el fin de las guerras), hace intuir claramente que están en juego poderosas fuerzas psicológicas que paralizan estos esfuerzos. Algunas de estas fuerzas actúan sin embozo. La voluntad de poder de la clase dirigente de un Estado se opone a una limitación de sus derechos de soberanía. Esta ¨voluntad de poder político¨ es alimentada a menudo por una veleidad de poder de otra categoría que se manifiesta en el plano material económico. Con esto quiero referirme sobre todo a los grupos, que se encuentran en el interior de todo pueblo, pequeños pero resueltos y libres de todo escrúpulo, de aquellos hombres para quienes la guerra, fabricación y comercio de armas no constituyen sino una ocasión propicia para conseguir ventajas personales y extender su esfera de poder personal.
… ¿Cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo, que en una guerra solo tiene que perder y de qué sufrir? ¿Cómo es posible que la masa se deje inflamar hasta el frenesí y el sacrificio de sí misma? La respuesta solo puede ser la siguiente: existe en el hombre una necesidad de odio y de destrucción. Esta tendencia, en tiempos normales, es solo latente y sale a luz en momentos excepcionales; pero puede ser con relativa facilidad despertada y elevada a psicosis de masa.
…Esto conduce a una última cuestión: ¿Existe una posibilidad de enderezar el desarrollo psíquico de los hombres de modo que se los haga capaces de resistir a las psicosis de odio y de destrucción?”.
Y esta es la pregunta que Einstein le hace a Freud, quien le señala, después de explicar los mecanismos psicológicos del ser humano y el rol superador de la cultura y la civilización:
Freud:
“La guerra contrasta del modo más estridente con las actitudes psíquicas que el proceso de civilización nos impone. Por eso debemos indignarnos contra ella, simplemente porque no podemos ya soportarla. No se trata solo de una aversión intelectual y afectiva, sino que para nosotros los pacifistas es una intolerancia constitucional, por decirlo así, una intolerancia agrandada al máximo. Y aparece en verdad que las mortificaciones estéticas de la guerra no intervienen menos que sus atrocidades en nuestra rebelión.
¿Cuánto tendremos que esperar todavía a que todos se hagan pacifistas? No es posible decirlo, pero tal vez no es una esperanza utópica que el influjo de estos dos elementos, la actitud cultural y el miedo justificado a los efectos devastadores de un conflicto futuro, pongan fin en una época no lejana al uso de la guerra. Por qué caminos o rodeos, no podemos adivinarlo. Mientras tanto, podemos decirnos que todo lo que promueve el progreso de la civilización trabaja también contra la guerra”.
Guerra… La sangre, el dolor y el horror son una marca que llevamos en nuestra frente. Si no alcanzamos a verla en nosotros mismos veámosla en los ojos sin vida de nuestros hermanos, en sus viudas y en sus huérfanos sin rumbo.
Que esperar un cambio no se trate de una ilusión más.
En estos tiempos de letales armas impensables que podrían terminar con toda la humanidad en segundos, si no alcanza el amor, que nos ilumine la desesperación
José María Fernández Alara























