Una leyenda que nació en San Telmo:Tita Merello
La historia de Tita Merello, un icono del tango y la actuación que transformó los golpes de la vida en una marca imborrable para la cultura argentina.
Laura Ana Merello, conocida por todos como Tita Merello, nació el 11 de octubre de 1904 en un humilde conventillo de la calle Defensa al 700 —específicamente al 715, según recordaba ella misma—, en pleno corazón de nuestro San Telmo. Su infancia estuvo marcada por la pobreza extrema, el hambre y la falta de su padre. San Telmo y la calle formaron su carácter fuerte y auténtico. Ella siempre decía que la necesidad y la falta de todo fueron sus primeras maestras de actuación, afirmando que a sentir no te enseña nadie más que la propia vida caminando.
Su carrera empezó en el teatro de revistas y el sainete en la mítica calle Corrientes. Aunque no tenía estudios, su magnetismo en el escenario era enorme. En 1931 reemplazó a Libertad Lamarque en la famosa obra El conventillo de la Paloma, un papel originalmente interpretado por Olinda Bozán, con tanto éxito que la crítica de la época aseguró que nadie extrañó a la actriz original. Uno de sus mayores triunfos teatrales fue Filomena Marturano en 1948, donde conmovía a todos en el final del segundo acto con la famosa frase «los hijos no se pagan». También se animó al drama con obras españolas como La mala ley, donde el crítico Alfredo Mon se rindió ante ella y le preguntó asombrado quién le había enseñado a caminar en escena y a hablar en perfecto castellano, a lo que ella simplemente contestó que nadie lo había hecho.
Como cantante, Tita rompió todos los moldes de la época. No cantaba con dulzura académica, sino con la ironía, la picardía y el idioma de la calle. Debutó a los 19 años en el Bataclán de la calle 25 de Mayo, un lugar pesado de la noche porteña, donde el dueño la mandó al escenario simplemente por intuición. Su gran éxito fue el milongón Se dice de mí, que convirtió en un himno donde se burlaba de sus propias críticas físicas y de su estilo compadrón. Su inteligencia llamó la atención de figuras importantes de la época como el político Lisandro de la Torre, con quien compartía cenas a sus veinte años. También formó una gran amistad con la escritora Victoria Ocampo, quien la invitaba a tomar el té a su quinta y la aconsejaba con lecturas simples; de hecho, Tita confesó que recién aprendió a leer a los 20 años, sola y con un diccionario, porque alguien con mucha ternura le sugirió que era demasiado inteligente para no saber.
En el cine también dejó una marca imborrable. Participó en ¡Tango! (1933), la primera película sonora del país, y luego protagonizó clásicos inolvidables como Mercado de abasto, Arrabalera, Guacho y Niebla de riachuelo. En esta última, ella misma le sugirió al director cómo filmar su muerte tras recibir un disparo por la espalda, logrando una escena final conmovedora con sus ojos fijos que demostró que su talento era puro instinto. Su última gran película fue La Madre María, dirigida por Lucas Demare, a quien recordaba como un hombre talentoso pero lleno de miedos sobre el futuro. En la pantalla grande, Tita ponía el cuerpo y el alma, llevando a sus personajes la misma dignidad y fuerza que había aprendido a forjar en los conventillos de su infancia.
Tita falleció a los 98 años, en la víspera de la Navidad un 24 de diciembre de 2002, pero su mito quedó agarrado al asfalto porteño. Cada mes de octubre, San Telmo la recuerda con orgullo. Al llegar a los 80 años, ella misma decía con humor que la fama es puro cuento y que la verdadera popularidad en el barrio se nota cuando en el almacén te empiezan a fiar. Se reconocía a sí misma como una enferma de melancolía y tristeza porque el recuerdo del hambre caminado a los quince años en un banco de la Plaza Lavalle la había dejado marcada para siempre, asegurando que la alegría no deja arrugas, pero la tristeza sí.
Detrás de esa imagen de mujer guapa y prepotente que armó para defenderse de una vida dura, en la intimidad se confesaba tímida, miedosa y necesitada de una ternura que consideraba el mejor de los sentimientos. Por eso, asomarse hoy a su legado, escucharla hablar y ver una de sus entrevistas es mucho más que cruzarse con una mujer que defendió su vida a capa y espada; es dejarse atrapar por la magia única y la mística inconfundible de una artista que, con la verdad desnuda en los ojos y en la voz, marcó para siempre una época de nuestra historia. ¡Gracias por leer!
Por Nicolás López
Docente y estudiante de posgrado en Crítica de Arte.
Como ícono del tango y la actuación, rompió moldes con su estilo irónico y popular, triunfando en teatro y cine con éxitos inolvidables como el milongón «se dice de mí» y Filomena Marturano.



























